Enjolras se paseaba por la habitación con el torso desnudo, andaba deprisa, inquieto, furioso, de vez en cuando se detenía a mirar a Ayla, sentada en un rincón, descalza, con el vestido hecho trizas y el hombro izquierdo al descubierto. Con un paño húmedo se curaba unos rasguños en el pecho, tiñendo el trapo gris a rojo escarlata. Enjolras se acuclilló para colocarse a su altura y la miró a los ojos. Sintió como un puñal se le clavaba en el corazón, su dulce miraba se había inundado bajo un mar de lágrimas y una profunda mancha morada bajo el ojo izquierdo. Enjolras tomó el trapo de la mano de Ayla y lo remojó en el agua y lo aplicó con delicadeza al rostro de la joven. Ella se movía inquieta, mostrando leves muecas de dolor. Él la miraba triste, apenado, la quería de veras... Pero se había dado cuenta demasiado tarde. Le apartó la trenza del hombro y descubrió el sangriento arañazo que alguien la había propiciado. -Esto tiene que acabar Ayla...- dijo Enjolras muy a su pesar- No pued...
La Grandeza nace de los Pequeños Comienzos.