El agradable contacto del sol en la cara no ayudaba a desperezarme, había dormido tanto que ni siquiera sabía si ya caía la tarde o aún era mediodía. El viento me revolvía el pelo y se me metía en los ojos, impidiéndome ver con claridad la altura del sol ni el color del mar. Las furiosas olas alaskeñas chocaban con fuerza contra el viejo casco del Integrity, pero éste las cabalgaba rompiéndolas en mil trocitos de espuma blanca. Me apoyé en la baranda e intenté contemplar el cielo y el mar: el sol se alejaba por el horizonte: “ya es media tarde y el tiempo es favorable, no debe quedar demasiado tiempo para atracar”. El resto de la familia había buscado algún pasatiempo que hacer durante el trayecto entre Hoonah y Juneau. Observé a Matt en la popa del barco, no muy lejos de mí: los rizos del pelo se le metían en la cara y las gafas verdes sobre la cabeza no paraban de resbalárseles. Estaba haciéndose un lío desenredando unos cabos, yo debía estar ayudándolo, pero preferí hacerme la pere...
La Grandeza nace de los Pequeños Comienzos.