Era feliz, no recordaba ser tan feliz desde que me casé con Susan. Habíamos dado un paso a nuestra "relación" si se podía llamar así. Ayla era una joven alegre, sonriente, tímida cuando no la conocías, pero capaz de enamorar a cualquiera cuando cogía confianza. No nos veíamos cada tarde, para no levantar sospechas, pero si varias veces a la semana Ayla Hurst picaba a la puerta de mi solitario apartamento y daba vida a esa oscura casa. Hacíamos el amor, creo que en apenas unas semanas lo habíamos hecho ya en todas las habitaciones de mi apartamento. Después ella preparaba café, charlábamos un rato, ella no era demasiado abierta como para hablar de su vida privada, tampoco yo le contaba demasiado acerca de mi. Pero hablábamos, y ella se reía, y yo sonreía. Luego yo me ponía a trabajar y ella a estudiar, en silencio, pero apenas a unos metros el uno del otro. La miraba de vez en cuando, tumbada boca abajo sobre mi cama, repasando los apuntes, mordisqueando la punta del lápiz, ...
La Grandeza nace de los Pequeños Comienzos.