Corrí tan veloz como las piernas me lo permitieron: las ramas me arañaban la piel y se me enredaban en el pelo. “Tengo que seguir”. Con cada paso me hundía en el barro hasta los tobillos, lo que dificultaba muchísimo avanzar. Perdí una bota al pisar un charco demasiado profundo, pero ni siquiera me volví para cogerla, me quité la otra de un saltó y continué corriendo. El barro y la humedad se filtraron entre mis calcetines de lana y en seguida sentí los pies helados, pero no me podía parar, tenía que seguir adelante. Al final de todo, camuflada entre las ramas de los cedros amarillos, divisaba una luz blanca: “mi objetivo, si llego a ella estaré a salvo, estaré lejos. Tengo que irme, tengo que salir de aquí”. Pero al apartar la última rama me encontré con la cruda realidad: la luz blanca y fantasmal se había difuminado, dejando a su paso un inmenso mar de aguas espectrales que se extendía ante mí. “¡No, no, no y no! Es una isla, una maldita isla. No puedo escapar, estoy atrapada”. Los...
La Grandeza nace de los Pequeños Comienzos.