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Una entre un millón

Una suave capa fría y blanca ha cubierto las calles de Nueva York, las gastadas zapatillas de tela negra resbalan por las escaleras del portal del viejo edificio. Unos vaqueros rasgados, guantes sin dedos, cazadora de cuero gris y una bufanda de lana alrededor del cuello. La melena rubia, lazia y cortada en forma de nube asoma bajo la gorra de la muchacha. Apenas se distingue su rostro entre la ropa. Las mejillas sonrojadas y unos brillantes ojos verdes observan curiosos el panorama invernal de la Gran Manzana.
La joven empieza a correr entre la muchedumbre, disculpándose para abrirse paso entre las gentes. Se resbala con el hielo delante de un puesto de café y observa melosa la caliente bebida. Se mete la mano en el bolsillo y saca unas monedas, las mira un rato, luego cierra el puño con fuerza y frunce el ceño. Vuelve a guardar las monedas en el bolsillo e intenta levantarse. Una sombra cubre su rostro, delante de ella se ha parado un chico, alto, rubio y de grandes ojos azules, de unos veintiún años, unos dos o tres más que la joven.

-¿Rose?- la ayuda a levantarse- Pensaba que no volvería a verte. Creí que ya os habríais marchado...

La chica abraza al joven con fuerza

-No podía irme sin despedirme antes. Pero he tenido que esperar a que Brandon saliera a buscar el desayuno. Ya sabes que es muy protector conmigo...

-Eso está bien cuando eras pequeña, pero vas a cumplir diecinueve años, ya es hora de que te deje volar libre...- Rose baja la mirada, avergonzada- Estás helada, ven, te invito a un café.

Los dos jóvenes se sientan en una cafetería, Rose ni siquiera se quita la cazadora, sus manos cubiertas por los guantes rodean la cálida taza humeante mientras sorbe lentamente, ante la enamoradiza mirada de su acompañante.

-¿A dónde iréis ahora?

-A Dakota del Norte, Brandon dice que en invierno buscan gente para reparar los edificios dañados por el temporal. Ya estuvimos hace unos años, cuando era niña, frío, soledad, silencio... - A Rose le cuesta sostener la mirada al muchacho, aunque él no deje de mirarla fijamente.

Él la toma de las manos

-Rose, quédate conmigo... Mi madre te acogerá en casa, yo te ayudaré a encontrar trabajo...

-Adam, yo...

-Es cierto que nos conocemos de hace poco... Pero creo que tu también te has dado cuenta de que lo nuestro es especial. No puedes marcharte Rose...

-No puedo dejar a Brandon, él me cuidó cuando nadie más quiso hacerlo... Se lo debo todo a él. No puedo abandonarlo.

Adam suspira resignado.

-No voy a lograr convencerte ¿verdad?- Rose niega con la cabeza- ¿Ni así?

El chico le acaricia el rostro con dulzura y la besa en los labios...

-Lo siento, pero tengo que irme.

-Entonces déjame darte un regalo de despedida

Ambos chicos se vuelven a besar tiernamente. Rose no está acostumbrada a las despedidas, es cierto que viaja mucho, y que no acostumbra a permanecer en el mismo lugar más de seis meses. Pero jamás, en sus caso diecinueve años de vida, había conocido a alguien como Adam, y le daba mucha pena dejarlo.

Mientras los dos jóvenes se despiden en la cafetería, Asaliah acaba de aterrizar en la fría Nueva York, buscando la flor de Gabriel para construir el arma para derrotar a Miguel. No entiende porque Gabriel le ha enviado a un lugar como ese: lleno de coches, edificios grises y polución, es un lugar difícil para que nazcan flores, aunque no deja de ser una buena estrategia para mantener oculta una arma tan valiosa. Rose sale de la cafetería, con la mirada puesta en sus zapatos y sumergida en sus pensamientos. Topa sin querer con el ángel trajeado y con abrigo largo, se disculpa rápidamente y sigue su camino. Asaliah se queda mirando como se aleja y se da cuenta de que la gracia de Gabriel ha comenzado a brillar.

-¡La chica!- exclama para si- Debe de tener oculta la flor...

El angel de alas negras corre tras ella entre la muchedumbre, pero no llega a tiempo. La ve entrar en un coche negro y desaparecer entre el tráfico neoyorquino.


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